Por Gabriel de Lerma
(de nuestros archivos)
A los setenta y nueve años y con más de sesenta películas como protagonista, Gregory Peck está harto de las entrevistas. Por eso, cuando la gente del Festival de Cine de Miami le pidió que concediera unas cuantas para promocionar su presentación en vivo durante el evento, su primera reacción fue aceptar apenas dos, ambas para los medios locales en inglés. Una carta enviada por La Jornada, sin embargo, en donde se mencionaba estrategicamente los nombres de Luis Puenzo, Carlos Fuentes y Patricio Contreras, -algunos de los latinoamericanos involucrados en la versión cinematográfica de "Gringo viejo"- sirvió para concretar el milagro. Peck aceptó una entrevista más, exclusivamente para el mundo hispanoparlante.
Peck ya no se mueve como antes, pero su mente y su elocuencia son las mismas que cuarenta años atrás. Para cruzar la habitación en donde recibe al enviado de este medio necesita de la ayuda de su esposa, Veronique, una francesa mucho más joven y notablemente bella que abandonó su oficio periodístico para casarse con quién era entonces una de las grandes estrellas del cine mundial. Sin embargo, cuando se sienta a hablar, don Gregory es un aluvión de anécdotas que recuerda meticulosamente, como cuando durante la filmación de "Moby Dick", de John Huston, casi se ahoga al desengancharse de la lancha la enorme ballena artificial sobre la que iba montado. "Durante quince minutos pensé que me iba a morir allí, en el medio del Mar de Irlanda, montado sobre una ballena de siete metros de altura que se bamboleaba terriblemente al compás de las olas. Hubiera sido una forma tan espectacular como extraña de morir. Pero finalmente me encontraron, en el medio de la niebla, y me sentí muy contento de poder saltar dentro de la lancha con motor que había venido a rescatarme", cuenta Peck, como si todo aquello hubiera ocurrido cuatro meses atrás.
Eldred Gregory Peck era un estudiante de medicina cuando, de paseo por Nueva York, vió en Broadway a Vera Zorina en "Me casé con un ángel" y decidió que tal vez las tablas le atrajesen más que los bisturíes. De vuelta en Berkeley, en las afueras de San Francisco, el entonces joven e impetuoso Peck se sumó a un grupo teatral universitario, con tanta buena suerte como para transformarse rapidamente en profesional y volver a Nueva York, esta vez para ver el mundo desde arriba del escenario. Aunque nunca se destacó como actor de teatro, un productor cinematográfico lo vió y lo convocó para protagonizar "Days of Glory", en 1944, cuando la gran mayoría de los actores estaban en el frente, siguiendo la tradición norteamericana de que en tiempos de guerra, no hay estrellas de cine. El éxito de Peck fue inmediato y un año después, con "Las llaves del reino", el actor californiano obtenía la primera de sus seis nominaciones al Oscar, estableciendo una carrera que se extendería durante cinco décadas. "No me gusta la mayor parte de mis primeros trabajos porque me doy cuenta que no estaba suficientemente maduro, y que podía haber hecho mejor las cosas", dice Peck mientras sus ojos se remontan al pasado, y luego completa: "hay varias películas que he hecho a lo largo de los años en las que veo que quedaba lugar para mejorar mi trabajo. Pero también hay un puñado de otras en las que puedo decir que no podría haber hecho mejor las cosas. Tal vez otra persona podría haberlo hecho mejor, pero yo ciertamente di lo mejor de mí"
- ¿Cuales fueron esas películas?
- "Matar un ruiseñor", "La princesa que quería vivir", "El pistolero", "Los cañones de Navarone" y algunas otras de las que diría que si las tuviera que hacer de vuelta, no podría hacerlas mejor. Y es bueno tener esa sensación. Yo creo que es importante ser autocrítico. Sin ser terriblemente exigente ni poco entusiasta, porque estamos allí para que lo disfrute la audiencia, para contar una historia. Cuando por alguna razón no brindamos una actuación totalmente satisfactoria, por supuesto que sentimos que hemos perdido una oportunidad. Uno siempre que tiene que estar consciente de que debe darles a las audiencias lo mejor.
- Pero me imagino que en sus primeras películas también estaba aprendiendo su oficio...
- Es cierto...
- Todos mejoran durante sus carreras...
- Seguro. Hice lo mejor que pude. Cuando miro las películas viejas pienso que no era lo suficientemente bueno, porque yo tuve una buena experiencia como actor de teatro antes de saltar a las películas. Siendo joven estuve de gira por todo el país, trabajé en Broadway, y en total habré hecho unas treinta obras de teatro antes del cine. Cuando pasé a la pantalla grande tuve que hacer ciertos ajustes, pero basicamente la actuación es la misma. Hay que hacerse a la idea de que no hay dos mil personas enfrente tuyo, que la cámara puede estar demasiado cerca, y que hay un micrófono por lo que no hay necesidad de gritar para que te escuchen los que están en el balcón del teatro. Es un proceso mental, no hay tanto que demostrar en el cine.
- ¿Realmente le gustaba más el cine que el teatro?
- Nunca pensé que fuera a ocurrir así, pero así fue. Me enamoré del proceso cinematográfico, de viajar por todo el mundo. Disfruté mucho de la gente con la que me tocó trabajar. Por eso me quedé en el cine...
- Lauren Bacall se quejaba hace muy poco de que no hay muchas oportunidades para las actrices de su edad. ¿Cómo es su situación?
|
|

- La misma, pero yo no me quejo. Ella siempre se está quejando. Mi posición es la siguiente: yo estoy retirando a menos que ocurra un imprevisto. ¿Cual es el imprevisto? Un gran guión. Yo no quiero trabajar porque sí. Lauren dice que ella necesita trabajar. Yo creo que eso lo heredó de Bogart, porque él era así. Ella es un poco como Bogart y una de mis mejores amigas...
- ¿Siente que ya ha hecho lo suficiente?
- Yo creo que cincuenta años han sido suficientes, a no ser que aparezca un gran guión.
- ¿Cómo fue para usted participar en la segunda versión de "Cabo de miedo"? ¿Le sorprendió ver a Nick Nolte repitiendo su papel?
- Fue una experiencia muy interesante. Tengo una gran afección por Scorsese y DeNiro. Los conozco bien y son verdaderos profesionales. Al principio yo no estaba muy convencido, porque no entendía para que me necesitaban en ese papelito. Me dijeron que pretendían rendirme un homenaje porque yo había producido la primera y la había protagonizado con Mitchum. Nos encontramos todos a cenar en París, y después de unos vasos de vino, me empezó a parecer una mejor idea. Me alegro de haberlo hecho. Fue un sólo día de trabajo pero nunca disfruté un día de trabajo tanto como ese. Esos sí que son profesionales...
- ¿Cual fue el mejor momento de su vida?
- Yo creo que tiene que ver con mi matrimonio y los dos hijos que tuve con mi esposa, Veronique. Conocerla, enamorarla, casarme con ella, fueron mis momentos más felices. En mi carrera, uno de mis mejores momentos fue filmar "La princesa que quería vivir" durante seis meses en Roma, con un gran director con el que me hice muy amigo, William Wyler. Y claro, también trabajar con Audrey (Hepburn). Supongo que ganar el Oscar por "Matar a un ruiseñor" tiene que haber sido el mejor momento de mi carrera. Es un honor reconocido en todo el mundo otorgado por los profesionales de la industria cinematográfica. Pero en general, lo que yo disfruto más es el trabajo diario. Lo más satisfactorio para mí es regresar a mi casa sabiendo que he hecho bien mi trabajo. Es entonces cuando me siento un verdadero trabajador, alguien que se ha ganado con justicia su dinero. Eso me ha dado muchas más satisfacciones que los premios o el reconocimiento.
- ¿Qué opina de las nuevas generación de actores?
- En mi opinión, el nivel artístico de los actores es mucho mejor hoy en día, debido a la competencia y la necesidad de estudiar para poder competir con efectividad. Yo creo que los actores hoy en día trabajan mucho más duramente para poder desarrollar sus habilidades, mostrar sus emociones e ir más allá de lo superficial. Tal vez cuarenta años atrás importaban más las grandes estrellas que los buenos actores. Lo que importaba en un actor era que tuviera una personalidad muy fuerte que atrapara la atención de la audiencia, y basicamente repetían el mismo papel una y otra vez. No hay tantas figuras de ese calibre hoy en día. Basta pensar en Clark Gable, Gary Cooper, James Cagney, Fred Astaire, Humphrey Bogart... Tenían personalidades muy fuertes...
- ¿Y Ud. no repetía una y otra vez el mismo personaje?
- Hice todo lo posible para evitarlo. Yo creo que fuí tanto un actor con carisma como un actor de carácter. Muchas veces hice de protagonista en películas de acción o en westerns, donde yo era el que tenía que ocuparse de que una misión se completara, fuera eso bombardear a los alemanes o cruzar a través del territorio de los indios. Pero también he hecho otros personajes. Hice de un borracho en "Beloved Infidel", y fui un nazi en "Los niños del Brasil". En la medida que fuí envejeciendo, pude hacer más personajes interesantes y complicados. Me encantó hacer de Ambrose Bierce en "Gringo viejo". No me molestaría volver a hacer de él en otra película..
- ¿Cuando se dió cuenta que había dejado de ser simplemente un actor y se había convertido en una estrella de cine?
- ¿Una estrella de cine? La verdad es que siempre me he sentido un actor. Se que soy o que he sido una estrella de cine, pero nunca me he visto de esa forma. Cuando me afeito a la mañana y me miro en el espejo no me veo como una estrella de cine. Simplemente veo al mismo tipo afortunado de siempre, que ha tenido la suerte de descubrir lo que le gustaba hacer y que ha podido hacerlo durante cincuenta años... |